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Una metáfora puñetera

9 julio 2012

 “A la Iglesia le viene bien que se hable de Dios en la Física”, ha dicho el portavoz de la Conferencia Episcopal, Martínez Camino, para dar la bienvenida al reciente descubrimiento  de la partícula de Dios. Sinceramente, esto me suena a apropiación del conocimiento científico. Sin embargo he de reconocer, en honor a la verdad, que en esta ocasión la Iglesia no es la única responsable de este pequeño hurto a la Ciencia. Más bien  parece  una cesión conceptual indebida de los científicos, como veremos más adelante. También ha  afirmado que  Dios está en el origen del Sol, de las estrellas y, por supuesto, del amor y que  la Física “nunca” podrá dar una respuesta final a la pregunta de por qué existe algo en vez de nada, porque “no tiene instrumentos para ello“. Supongo que se refiere al  principio  de  autoridad, a la tradición y a la fe, como las herramientas para alcanzar su suprema e insondable verdad.
La partícula de Dios es el bosón de Higgs. Se  hizo famosa  hace varios años con la  puesta en marcha  del LHC, el Gran Acelerador Colisionador de Hadrones, construido para confirmar el modelo estándar  de la Física, mediante choques de partículas elementales a velocidades próximas a la de la luz, recreando las condiciones iniciales del universo. Pero no ha sido hasta el  pasado 4 de julio cuando  se ha dado a conocer en los medios, de forma machacona y superficial, la noticia de su descubrimiento.
La historia de esta partícula es sugestiva e ilustra cómo se construye, se divulga e interacciona la Ciencia. Su existencia fue postulada en 1964 por Peter Higgs -actualmente un  feliz y agradecido anciano de 83 años-  para explicar por qué  tienen diferentes masas las partículas que constituyen los átomos. En 1993, el  premio Nobel,  Leo Lederman, escribió  un libro  sobre ella,   denominándola, por su dificultad para ser detectada, “the goddamn particle” , es decir, la partícula maldita; puñetera, de forma más coloquial o “jodida”,  rozando la vulgaridad.  El editor, en un alarde de inteligencia creadora comercial decidió quedarse solo con  god (dios) y titularlo The GodParticle: If the universe is the answer; wat is the question?  cuya traducción sería: “La partícula divina: Si el universo es la respuesta, ¿cuál es la pregunta? En 2008, Higgs,  un ateo convencido, declaró  que esto podría ofender a los creyentes.
Pero no es el editor de Lederman  el pionero en eso de vincular a Dios con los nuevos descubrimientos,  como gancho comercial o intelectual. Ya lo habían hecho en 1988 Paul Davies con su libro Dios y la nueva FísicaStephen Hawking,  en la conclusión de su  conocida y poco entendida  Historia del Tiempo, que terminaba así: “ Si encontrásemos una respuesta a esto (por qué existe el universo y por qué existimos nosotros) sería el triunfo definitivo de la razón humana, porque entonces conoceríamos el pensamiento de Dios.” ¡Ahí queda eso!
Sería el mencionado Paul Davies  quien, abundando en esta misma idea, escribiría su controvertida obra “La Mente de Dios”, en 1992. Fruto de este esfuerzo de conciliación entre Ciencia y Religión ingresó en su cuenta corriente, en 1995, más de un millón euros del Premio Templeton a la investigación sobre realidades espirituales.
Pero a mi juicio, el especialista en esta calculada ambigüedad  fue el propio Einstein,  reconocido miembro de la comunidad judía. Muchos le consideran creyente por   frases como “La ciencia sinreligión está coja.  La religión sinciencia está ciega”. Pero también afirmó que no creía en un dios personal, definiéndose como un no creyente profundamente religioso, lo cual es una aparente contradicción.  Pero como escribí en su día, el dios einsteniano es  la naturaleza  junto con  las leyes físicas que la gobiernan; y la religiosidad, una especie de emoción por lo incomprensible. Estaremos de acuerdo en que este  dios no llena  templos ni es fuente de enfrentamientos.
¿Qué asimila realmente el ciudadano/a cuando escucha noticias sobre la partícula o la mente de Dios? Probablemente que los físicos están más cerca de conocer cómo creó Dios el universo o, en su variante más sutil, cómo eligió los números que nos gobiernan para poner en marcha todo lo que existe. Sin embargo, una buena divulgación científica debería  transmitir la idea de que la  Ciencia se construye al margen de Dios, que no es necesario apelar a él para tapar los agujeros del conocimiento y que  estas   referencias divinas  son tan solo  una metáfora. O un recurso poético   antipedagógico y  algo  puñetero, como la partícula de Higgs, que durante estos días ha dejado de ser maldita por la gracia del LHC.

Categorías:Ciencia y religión
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